2026: Nueva etapa e impulso para la educación pública

2026: Nueva etapa e impulso para la educación pública

Columna publicada en La Tercera (12 de diciembre 2025).

Por Jaime Portales, doctor y máster en Educación de la Universidad de Texas, EE.UU, e investigador en Rumbo Colectivo.

El 2 de enero de 2026, a poco más de dos meses que asuma el nuevo gobierno, diez nuevos Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) comenzarán a administrar sus establecimientos educativos. Con esto, en 2026 estarán en funcionamiento 36 SLEP a lo largo del país, los que corresponden a más del 50% del total de 70 SLEP que se crearán durante la etapa de instalación del nuevo Sistema de Educación Pública.

El hito señalado simboliza la entrada en una nueva etapa del proceso global de transformación de la educación pública, e inicia un periodo en que se combinarán SLEP funcionando en régimen, con nuevos SLEP creándose y haciéndose cargo, por primera vez, de la administración y gestión de los establecimientos educativos públicos de su territorio.

Este nuevo escenario, exigirá al Sistema de Educación Pública en su conjunto, y al nuevo poder ejecutivo, a dar continuidad y proyección, decidida y responsablemente, a esta reforma.

Desde Rumbo Colectivo hemos elaborado un documento titulado Desafíos de la implementación del Sistema de Educación Pública para el nuevo ciclo político 2026-2030, con diversas propuestas en donde planteamos que, en esta etapa, se debe potenciar y fortalecer las capacidades de coordinación y articulación interinstitucional, de liderazgo y compromiso de actores clave, y de gestión organizacional y educativa de las instituciones públicas involucradas en el proceso de reforma en los distintos niveles del Sistema: nacional, regional-provincial y local.

En el ámbito de la coordinación y articulación interinstitucional resulta clave, por ejemplo, que el Ministerio de Educación (MINEDUC) y la Dirección de Educación Pública (DEP) se articulen con la Dirección de Presupuestos (DIPRES) y la Contraloría General de la República para resolver problemáticas a gran escala tales como la simplificación de los mecanismos de ejecución de gastos y rendición de cuentas presupuestarias, la planificación y ejecución efectiva de gastos plurianuales, especialmente para realizar inversiones en infraestructura y equipamiento, entre otros.

En el ámbito del liderazgo y compromiso de actores clave resulta fundamental que, a nivel nacional, se fortalezca el rol de liderazgo de la DEP como institución pública a cargo de la conducción estratégica y coordinación del sistema, de manera que pueda velar efectiva y eficientemente por la calidad de la educación desarrollada por los SLEP en todo el territorio nacional. Esto exige fortalecer los recursos humanos y técnicos en la DEP y, al mismo tiempo, dotarla de mayores atribuciones para intervenir, apoyar y acompañar a SLEP que estén enfrentando situaciones de crisis, articulándose con los niveles regional-provincial y local. A nivel local, resulta fundamental que se fortalezca el liderazgo pedagógico de los directivos escolares, disminuyendo su carga administrativa y potenciando su formación y carrera profesional.

Finalmente, en el ámbito de la gestión organizacional y educativa es muy importante que, a nivel local, se fortalezca el trabajo de apoyo y acompañamiento técnico pedagógico y el desarrollo de capacidades profesionales de los actores educativos de los establecimientos públicos, especialmente de aquellos que trabajan en el segundo ciclo básico y en enseñanza media, manteniendo el trabajo que ya se realiza en primer ciclo básico. Además, se debiese apostar decididamente por la educación integral de las y los estudiantes, implementando experiencias de aprendizaje en diversas áreas (desde ciencias y ciencias sociales hasta artes visuales, artes musicales y educación física) y transversalizando el aprendizaje del lenguaje y las matemáticas en el currículum desde la educación inicial.

Estas recomendaciones apuntan a potenciar y fortalecer al Sistema de Educación Pública en su conjunto, a cada uno de los SLEP que se van creando e instalando y cada una de las comunidades educativas que forman parte de ellos. De lo que se trata es de asegurar que esta reforma se transforme, verdaderamente, en una política de Estado que trascienda gobiernos y colores políticos.

Asimismo, creemos que fortalecer y hacer sostenible en el tiempo la educación escolar y parvularia pública, en el marco de un sistema de provisión mixta, es de suma importancia para el futuro de todos los niños, niñas jóvenes que habitan en Chile, y para el futuro del país en su conjunto. No es posible contar con una educación de calidad, equitativa, inclusiva y democrática, sin una educación pública fortalecida en todas las regiones del país. Esperamos que el nuevo gobierno, las instituciones públicas involucradas y todos los sectores políticos demos impulso y continuidad a esta reforma.

Reformas para Chile en el último tramo de gobierno

Reformas para Chile en el último tramo de gobierno

Columna publicada en La Tercera (28 de noviembre 2025).

Por Óscar Pereira, magíster en Ciencia Política, Universidad de Chile y encargado de proyectos en Rumbo Colectivo.

“Mi sueño, es que cuando terminemos nuestro mandato (...) sintamos que hay un país que nos protege, que nos acoge, que nos cuida, que garantiza derechos y retribuye con justicia”, esas fueron las palabras del Presidente Gabriel Boric al asumir su mandato. Después de casi cuatro años especialmente agitados, marcados por cambios en Chile y el mundo, lo cierto es que el Presidente y su gobierno tienen hasta el 11 de marzo de 2026 para seguir respondiendo a sus compromisos y, por sobre todo, a las necesidades del país.

El gobierno de coalición del Frente Amplio, el Partido Socialista y el Partido Comunista, debió cumplir su programa sin dejar de responder a las urgencias del país (alta inflación, una economía golpeada por la pandemia y agotada por su diseño estructural, y la crisis de seguridad), sin renunciar a sus ideas. Así, logró cumplir el 62,7% de su programa (Rumbo Colectivo, 2025), materializando un aumento histórico del sueldo mínimo, la reforma al sistema de pensiones, Copago Cero en Fonasa y el royalty minero, entre otros avances.

Junto a ello, impulsó y aprobó la mayor cantidad de leyes en materia de seguridad (Chile 21, 2025) y aumentó sostenidamente el presupuesto en esta materia, un 15,4% este año y se espera que aumente cerca del 16,7% para el 2026 (Gobierno de Chile, 2025). Como resultado, descendió la migración irregular en un 45% (Observatorio de Datos UAI, 2025) y consolidó la baja en la tasa de homicidios (Subsecretaría de Seguridad Pública, 2025).

Ahora, ¿cómo cerrar el periodo en materia legislativa? Si bien existen muchos proyectos importantes en tramitación, a ojos de quién escribe, hay tres reformas en tramitación que significarían un avance para Chile y la ciudadanía.

En primer lugar, la reforma a la Nueva Educación Pública (Boletín Nº16.705-04) busca resolver los desafíos constatados por el Consejo Evaluador del Sistema de Educación Pública para fortalecer el sistema y sus logros (lejos de la narrativa de crisis promovida por algunos sectores políticos, el Consejo recomienda seguir la implementación de la NEP). Considerando los pocos esfuerzos de los ministros/as de educación por reforzar la educación pública en el último gobierno de derecha, es vital que esta administración fortalezca el sistema que ya cuenta con 24 Servicios Locales en régimen, dando continuidad y a su Consejo Evaluador, creando un Comité de Ministros para coordinar servicios y reforzando las atribuciones de la Dirección de Educación Pública con el fin de apoyar a los Servicios Locales, entre otros cambios a la ley.

En segundo lugar, Chile necesita avanzar en la inserción laboral de la mujer y la corresponsabilidad en el cuidado de la infancia. En esta línea, el proyecto de Sala Cuna Universal (Boletín Nº14782-13) es clave, ya que elimina la discriminación que encarece la contratación de mujeres, transformando el derecho en uno individual, independiente del género o tamaño de la empresa, y lo sustenta con un fondo de financiamiento mixto entre empleadores y el Estado.

Por último, el combate del crimen organizado requiere de un Subsistema de Inteligencia Económica (Boletín N°15975-25) que articule a la Unidad de Análisis Financiero, el Servicio de Impuestos Internos y al Servicio Nacional de Aduanas en una plataforma para prevenir y detectar ilícitos económicos complejos. El proyecto aspira a ser un sistema autónomo con un robusto estatuto de protección de datos, permitiendo el análisis financiero preventivo que responda requerimientos específicos del Ministerio Público, fortaleciendo las capacidades del Estado para desarticular las redes criminales desde su base económica.

La aprobación de estos proyectos sin duda construyen un mejor país.

No hay desarrollo sin redistribución: el gasto fiscal como pilar social en Chile

No hay desarrollo sin redistribución: el gasto fiscal como pilar social en Chile

Columna publicada en El País Chile (6 de noviembre 2025).

Por Carolina Silva, asistente de Asuntos Internacionales en Rumbo Colectivo.

En América Latina las paradojas son casi parte del paisaje regional. Es una región rica en recursos, talento humano y energía creativa, pero es también la más desigual del planeta. Dos personas concentran tanta riqueza como 334 millones de latinoamericanos; paralelamente, millones de familias sobreviven en la precariedad, empujadas por un modelo económico que genera crecimiento, pero no justicia.

Chile no escapa a esta paradoja. Es una de las economías más estables de la región y, a la vez, una de las más desiguales de la OCDE: el 1% más rico concentra una parte desproporcionada del ingreso nacional. Esta brecha no es una anomalía o un comportamiento esperable del mercado, sino que es el resultado de decisiones políticas que responden a un sistema fiscal regresivo, de exenciones que benefician al capital y una estructura tributaria que grava más al consumo que a la riqueza.

Recientemente, desde Rumbo Colectivo hemos publicado el informe Así recauda Latinoamérica: reflexiones sobre justicia fiscal y redistribución desde América Latina y el Caribe, donde sostenemos que la desigualdad en la región no es un accidente, sino una arquitectura cuidadosamente planificada y sostenida políticamente. Los Estados latinoamericanos han sido moldeados para recaudar y redistribuir poco, dejando al gasto público la misión imposible de compensar un modelo estructuralmente injusto.

Chile, en particular, ha logrado avances notables en cobertura de servicios públicos —educación, salud, seguridad social—, pero sigue mostrando un déficit en progresividad fiscal. En otras palabras, el Estado chileno sí invierte, pero no recauda lo suficiente para ampliar aún más su capacidad social. Más de la mitad de los ingresos públicos provienen de impuestos al consumo (IVA) o de los ingresos (impuestos a la renta), lo que implica que los hogares de menores ingresos aportan, proporcionalmente, mucho más que los millonarios de nuestro país.

Surge entonces, una pregunta que atraviesa nuestro escenario político y nuestra reflexión como fundación: ¿puede un país avanzar sin redistribuir? La respuesta, a la luz de la evidencia regional y nacional, es un rotundo no. Ningún modelo de desarrollo puede sostenerse sobre la desigualdad permanente.

En este contexto electoral, el debate chileno ha vuelto a girar en torno al gasto público, en especial con las recientes declaraciones del candidato presidencial José Antonio Kast. Su equipo económico ha anunciado un ajuste fiscal de US$21.000 millones en cuatro años, luego de una fase inicial de recorte de US$6.000 millones en 18 meses. Según declaraciones, “no se tocará ningún gasto social” y los recortes se harán por “malos gastos” o “ineficiencias”, pero tal como alerta el exministro Mario Marcel, más del 85% del presupuesto público ya está legalmente comprometido. Reducirlo sin eliminar o recortar derechos sociales es prácticamente imposible.

La relevancia de este tipo de declaraciones respecto de la noción de justicia fiscal que tenemos como sociedad reduce los derechos sociales y garantías estatales sólo a números. La idea de que el aparato gubernamental y público pueda disminuir su alcance y trabajo sin consecuencias sociales es un error conceptual desde la matriz: no hay que confundir gasto con despilfarro. En Chile, el gasto fiscal financia desde las pensiones universales hasta los hospitales, las universidades estatales y los subsidios habitacionales. Es el sostén silencioso del pacto democrático en el que nos orgullecemos vivir.

Los ajustes masivos sin una lógica redistributiva no son reformas técnicas o en pos de potenciar la correcta utilización de los recursos, son decisiones políticas con impactos humanos directos. Cuando se reduce el gasto en nombre de la eficiencia, sin una lógica redistributiva, aumenta el riesgo de retroceder en bienestar social y cohesión, como hemos visualizado en nuestro país vecino, Argentina, en donde los que terminaron pagando son los mismos de siempre: trabajadores, estudiantes, pensionados y pequeñas empresas.

La propuesta de Kast confía en que el sector privado llenará el vacío que deje el Estado, generando inversión y crecimiento. Pero el economista Guillermo Larraín advierte que el paquete de recorte equivale a retirar cerca de 2,6% del PIB en un corto periodo, lo que podría desacelerar la economía y elevar el desempleo. En un país con alta desigualdad y bajo crecimiento, agregando el complejo escenario global actual, es una apuesta no solo riesgosa sino irresponsable.

La historia latinoamericana ofrece lecciones nítidas. En las últimas décadas, los países que avanzaron en justicia fiscal son los que ampliaron su base tributaria, gravaron las rentas altas y coordinaron esfuerzos regionales contra los paraísos fiscales. Allí donde la política fiscal se entendió como una política de derechos, la democracia ganó estabilidad y legitimidad.

Para Chile, mirar al sur no significa copiar recetas, sino aprender de quienes han comprendido que la justicia fiscal es el corazón de la democracia. En un momento en que se vuelve a glorificar el recorte y se desconfía del Estado, conviene recordar una verdad elemental: no hay desarrollo sin redistribución. El gasto público no es un obstáculo para el crecimiento, es su condición.

Sin una redistribución efectiva, el desarrollo se vuelve un espejismo: una promesa que brilla en las cifras macroeconómicas, pero se desvanece en la vida cotidiana.

Litio, hidrógeno y el mito del crecimiento sin costo

Litio, hidrógeno y el mito del crecimiento sin costo

Columna publicada en El Desconcierto (12 de octubre 2025).

Por Carolina Palma y Santiago Correa, investigadores de Rumbo Colectivo.

Desacelerar el calentamiento del planeta es hoy el más urgente de los desafíos que enfrenta la humanidad. Para ello, y a partir del Acuerdo de París firmado en 2015, los países se han comprometido a reducir sus gases de efecto invernadero, lo que implica descarbonizar sus sistemas energéticos e introducir energías renovables y otras tecnologías de menores emisiones.

La transición energética descansa en el desarrollo de nuevas industrias y la explotación de materiales críticos para este recambio, siendo dos de las más relevantes el litio y el hidrógeno verde. Nuestro país, dadas sus abundantes reservas de litio y su menor costo relativo en la generación de energías renovables, está llamado a ser un actor relevante a nivel global en dichas industrias.

Conscientes de aquella oportunidad, los últimos gobiernos han adoptado políticas específicas para promover el desarrollo de ambas industrias. La exploración y explotación del litio se rige hoy por una Estrategia Nacional, que busca, entre otras cosas, ampliar la participación del Estado tanto en la producción como en las rentas, además de promover consideraciones ambientales, encadenamientos productivos y la participación de las comunidades aledañas en sus beneficios.

El hidrógeno verde, en tanto, cuenta con un Plan de Acción que le da al Estado un rol como habilitante de la industria privada, mediante el apoyo en infraestructura, ventajas tributarias, apoyo en investigación y desarrollo, entre otros. 

El apoyo a ambas industrias descansa en un discurso que, en teoría, supera la aparente disyuntiva entre cuidado del medio ambiente y crecimiento económico. La responsabilidad del país en materia ambiental sería entonces proveer de los materiales para descarbonizar las matrices del norte global, lo que a su vez presenta oportunidades de inversión y desarrollo económico.

Así, se ha buscado presentar como un win-win el que siempre fue uno de los dilemas más complejos de las políticas públicas. Este discurso, si bien no del todo falso, peca de reduccionista por dos motivos principales: en primer lugar, oscurece la importancia de que las industrias sean guiadas por políticas industriales que cautelen el interés público y, segundo, profundiza desigualdades al no reconocer los costos que hay detrás para los ecosistemas y las poblaciones locales, quienes deben pagar los platos rotos de transitar de una economía fósil y un “desarrollo” que no los ha alcanzado.

En cuanto al primer punto, si no hay disyuntiva entre crecimiento y cuidado del ambiente, entonces no hay razones para planificar el crecimiento de estas industrias cautelando otros intereses de política pública. Así, hay quienes sostienen que Chile se habría “farreado” el ciclo de precios altos del litio y, tal como proponen las candidaturas de Matthei y Kast, debiera hacer del litio un mineral sujeto de concesión, tal como lo es el cobre.

Dicha postura no transparenta, sin embargo, que las concesiones mineras se otorgan en sede judicial, por lo que no pueden exigirle al desarrollador objetivos de política pública más allá de los que plantea la ley. Así, concesionar para acelerar lesionaría seriamente las facultades para exigir cuestiones, como aportes al Instituto del Litio, la red de salares protegidos o los beneficios compartidos con las comunidades.

La segunda y más grave diferencia con este discurso tiene que ver con que reduce la transición ecológica a una mera sustitución tecnológica, soslayando que las transformaciones deben superar desigualdades estructurales de nuestro modelo productivo a escala global.

Así, este discurso reproduce, por ejemplo, la lógica extractivista mediante la cual los países ricos se surten de recursos naturales baratos del sur global para sostener modelos de consumo que son insostenibles para el planeta.

A su vez, esto exige que poblaciones históricamente vulneradas, como lo son las comunidades indígenas, deban ver afectados sus territorios y sus modos de vida, sacrificándose una vez más por un crecimiento que siempre los ha pasado de largo. Por último, se reduce a trabas burocráticas la conservación de ecosistemas críticos para los equilibrios planetarios.

Estos y otros desafíos los desarrollamos en el informe Hidrógeno Verde y Litio: Alternativas y desafíos para la transición energética en Chile. La transición ecológica quizás sea la última opción de apostar por un planeta viable ecológicamente, pero ello dependerá de que se amplíe la mirada y se superen discursos que insisten en que la única medida de bienestar es el crecimiento económico y que esconden que la preservación del statu quo tiene claros ganadores y perdedores.

El costo de criar: la raíz de la baja natalidad en Chile

El costo de criar: la raíz de la baja natalidad en Chile

Columna publicada en El País Chile (3 de octubre 2025).

Por Paula Castillo, encargada de Estudios en Rumbo Colectivo, Licán Martínez, magíster en Economía y Políticas Públicas y colaborado en Rumbo Colectivo, y Carolina Molinare, economista.

La caída de la natalidad no es un fenómeno aislado ni exclusivo de Chile, es parte de una transformación global que viene ocurriendo hace décadas. En 1960, la tasa global de fecundidad de los países de bajos ingresos era de 6,4 hijos por mujer, y la de ingresos altos era de 2,9 hijos por mujer. Hoy, esas cifras se redujeron a 4,7 y 1,4 respectivamente. En el caso de Chile, pasó de 4,7 hijos por mujer en 1960 a 1,03 hijos por mujer en 2024, ubicándose por debajo del promedio de los países de su mismo nivel de ingreso. Estas cifras reflejan un cambio demográfico profundo en cómo las sociedades se relacionan con la crianza, aunque dicho proceso ocurre con ritmos y magnitudes diferentes según el nivel de desarrollo, las políticas implementadas y los cambios socioculturales. Ante este escenario de menores tasas de fertilidad ¿Qué pueden hacer los países frente a ello?

Según el segundo informe “Análisis Comparativo Internacional” del estudio de Rumbo Colectivo “Crisis Demográfica y de Natalidad”, países como Corea del Sur o Japón, han invertido en políticas de apoyo a las madres, pero sus tasas de fecundidad siguen cayendo. La explicación está en la rigidez de sus mercados laborales y en la desigualdad de género que sigue marcando las trayectorias profesionales de las mujeres. En contraste, Francia y Uruguay han avanzado con éxito en la creación de servicios universales de cuidado para niña/os de 0 a 3 años, accesibles para todas las clases sociales, mostrando que los cambios estructurales importan más que los incentivos aislados. En el caso de Chile, el reciente informe “Canasta de Crianza: su costo económico en Chile”, de UNICEF para el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, calculó que el costo promedio de criar a un hijo durante su primer año de vida asciende a $735.057, compuesto casi por partes iguales entre bienes y servicios, y el tiempo y cuidados no remunerados que recaen, en su mayoría, sobre las mujeres.

El primer informe de Rumbo Colectivo “Análisis de Factores Sociales y Económicos” mostró algo similar desde otro ángulo: en comparación con los hogares sin hijos, para las familias más pobres, tener un hijo/a significa un alza del 38,6% en el gasto mensual del hogar, mientras que para las familias más ricas puede llegar a un alza de 75,5%. Distintas metodologías, mismo resultado: las familias que deciden tener hijos/as registran un gasto 34,9% mayor que aquellas sin hijos/as, lo que hace de la crianza sea económicamente difícil de sostener. En términos absolutos, es más costosa para los sectores altos; en términos relativos, golpea más fuerte a los sectores vulnerables. En cualquier caso, el mensaje es claro: nuestro modelo social ha convertido la decisión de criar en un privilegio marcado por la desigualdad y la incertidumbre.

En los últimos años, la discusión sobre la natalidad ha ganado espacio en la agenda pública. Sin embargo, buena parte del debate sigue capturado por diagnósticos moralizantes y simplistas que presentan la baja de nacimientos como una alarma desligada de su contexto social. Lo cierto es que decidir tener hijos o hijas no ocurre en el vacío: depende de las condiciones materiales de la vida. La inseguridad económica, la falta de servicios públicos accesibles, la carga desigual del cuidado, el alto costo de la vivienda y la ausencia de políticas integrales que acompañen la crianza son hoy los principales obstáculos.

Frente a ello, distintos sectores –desde el movimiento feminista y organizaciones sociales hasta la academia y el Gobierno– han planteado la necesidad de transitar hacia un nuevo pacto social, que reconozca el derecho a cuidar, ser cuidado y al autocuidado, y que redistribuya las responsabilidades del bienestar y garantice condiciones dignas para que las personas puedan desarrollar proyectos de vida en libertad. Avanzar hacia sistemas universales de protección social y robustecer el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados es la base para construir una sociedad que deje de tratar la crianza como un privilegio y la asuma como un derecho compartido.

2026: Nueva etapa e impulso para la educación pública

Política de Estado que trasciende gobiernos

Columna publicada en La Tercera (2 de octubre 2025).

Por Jaime Portales, doctor y máster en Educación de la Universidad de Texas, EE.UU. e investigador de Rumbo Colectivo, y Sebastián Izquierdo, investigador CEP.

La Nueva Educación Pública (NEP) —la reforma que transfirió la gobernanza y administración de la educación pública estatal desde los municipios a los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP), iniciada en 2018 —ya cuenta con 24 SLEP funcionando en régimen a lo largo del país. Estos servicios equivalen a 115 comunas, a más de 435.000 estudiantes y a poco más de 1.800 establecimientos educacionales.

Este cambio representa una transformación de gran envergadura en la educación escolar chilena y, como tal, plantea profundos desafíos. El Consejo Evaluador del Sistema de Educación Pública señala en su informe anual 2024, que la implementación ha presentado logros evidentes, pero también desafíos pendientes; una realidad que contradice la narrativa de crisis promovida por algunos actores políticos.

Entre los logros destaca el acompañamiento pedagógico de los SLEP a las escuelas, la generación de redes territoriales y la valoración y existencia de espacios participativos como el Consejo Local de Educación Pública de cada servicio. Entre las tareas por venir menciona la necesidad de una mayor regulación de los municipios previo al traspaso, así como revisar la normativa rígida —en especial aquella que regula la administración de los recursos financieros— de los SLEP, con el propósito de otorgar mayor autonomía a los proyectos educativos, entre otros.

En este contexto, el Consejo Evaluador, compuesto por un grupo de expertos transversal del espectro político, recomienda dar continuidad a la implementación de la Nueva Educación Pública para la totalidad del sistema. Al respecto, los abajo firmantes apoyamos decididamente esta recomendación y proponemos que la Nueva Educación Pública sea una política pública de Estado, que trascienda gobiernos y frente a la cual todas las candidaturas presidenciales debieran pronunciarse favorablemente, comprometiéndose con el fortalecimiento de la educación escolar.

Para lograr este compromiso fundamental, proponemos —en línea con la mesa transversal del CEP (2024)— que, en el marco de la discusión del proyecto de ley que ajusta la Ley 21.040, que puso en marcha la NEP, se establezca la creación de un consejo colegiado transversal que gobierne la Dirección de Educación Pública (DEP) conformado por profesionales idóneos, incluyendo expertos en educación de los distintos niveles y modalidades educativas, y cuyas principales funciones sean: participar del proceso de nombramiento del Director Ejecutivo de la DEP, seleccionando la terna final que se presenta a la Presidencia de la República, y aprobar la Estrategia Nacional de Educación Pública y los planes y programas relativos a la educación pública, entre otros.

Contar con este consejo colegiado permitiría asegurar la continuidad, transversalidad y estabilidad del proceso de transición y al funcionamiento en régimen del nuevo Sistema de Educación Pública, un proceso que requiere del compromiso y el esfuerzo de todas y todos en pos de contar con servicios locales y establecimientos educativos públicos de calidad a lo largo del país.