Tomás Leighton en Revista Nueva Sociedad: Significados del giro a la derecha chileno

Tomás Leighton en Revista Nueva Sociedad: Significados del giro a la derecha chileno

Entrevista publicada en revista Nueva Sociedad (17 noviembre 2025).

Por Pablo Stefanoni, jefe de redacción revista Nueva Sociedad.

Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas dejaron un sabor amargo en la izquierda (que quedó por debajo de 30%) y saldaron la puja en el interior de la derecha a favor de José Antonio Kast, del Partido Republicano, quien quedó en segundo lugar, mucho más cerca de Jeannette Jara de lo que se esperaba, con casi 24%. El «nacional libertario» Johannes Kaiser no logró dar el sorpasso pero con su 14% quedó en un lugar clave para influir en el nuevo gobierno. Evelyn Matthei, heredera del piñerismo, se derrumbó al quinto lugar, superada por el inclasificable Franco Parisi. Con más de 50% del electorado escorado a la derecha, la campaña de Jara será cuesta arriba: a la cuestión de la aritmética del voto se sumará el bajón anímico en la izquierda.

En esta entrevista, Tomás Leighton, director de la fundación Rumbo Colectivo, analiza «en caliente» los resultados y los efectos de una agenda social que desde hace tiempo se desplazó hacia la inseguridad, la inmigración y la economía.

¿Cuál es la primera lectura de los resultados? 

Diría que la derecha avanza dividida y la izquierda apenas resiste unida. José Antonio Kast pasó a segunda vuelta compitiendo contra la derecha convencional de Evelyn Matthei y contra una escisión por derecha de su partido, encabezada por Johannes Kaiser y su Partido Nacional Libertario. Sumadas, las derechas arrancan la carrera al balotaje duplicando los votos que solían acumular en primera vuelta antes del voto obligatorio -que se aplicó por primera vez en una elección presidencial y llevó la participación a más de 85%-. 

Hay que mirar con mucha atención la jugada de la extrema derecha chilena, que utilizó la fragmentación de forma productiva. Johannes Kaiser, ex-diputado del partido de Kast, logró casi 14% de las preferencias, amenazando con el cierre de la frontera con Bolivia, llamando a retirar a Chile de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y prometiendo indultos a violadores de derechos humanos. Todo esto terminó por moderar la imagen de Kast -ahora a su derecha ya no estaba la pared, como en 2021, sino Kaiser-. Pero además, la lista parlamentaria unificada entre republicanos y libertarios evitó que se quitaran votos entre sí y le arrebató la hegemonía a la derecha convencional en la Cámara de Diputados. 

Una de las razones por las que la derecha convencional quedó relegada a la quinta posición y Jara no logró un apoyo más contundente, fue el sorpresivo tercer lugar de Franco Parisi y los 14 diputados del Partido de la Gente (PDG). En su tercera postulación a la presidencia, con resultados siempre al alza, Parisi ha logrado cultivar un estilo outsider ausentándose por completo del debate público entre elección y elección, al punto de que reside en Estados Unidos. Si bien propuso minar el norte de Chile para frenar la inmigración irregular y castrar químicamente a agresores sexuales, se ha definido como «ni facho ni comunacho» y catalogó a Kaiser y Kast como «lo peor de la ultraderecha». Por lo tanto, el PDG es la cuota de incertidumbre de la segunda vuelta y del nuevo ciclo político. En la elección pasada, el partido de Parisi logró seis escaños pero en dos años esos parlamentarios ya se habían ido todos del PDG, repartiéndose entre la izquierda y la derecha. Ahora, mientras dure, en la nueva bancada deberá convivir un variopinto conjunto de parlamentarios.

Finalmente, Jara comienza el camino al balotaje con un número de votos similar al que las izquierdas suelen obtener en primera vuelta desde el retorno a la democracia, pero obligada a recuperar votos de las candidaturas de derecha si es que la participación electoral se mantiene en los mismos porcentajes. 

En este caso, la unidad de socialistas, comunistas y frenteamplistas (por el Frente Amplio, de Gabriel Boric) apenas alcanzó para impedir la mayoría absoluta de las derechas en el Congreso, alejando las posibilidades de que cambien el sistema político, el sistema electoral o la Constitución. Reflota hoy una de las frases insignes de Boric al referirse al tercio fiel que se expresa hace casi diez elecciones: «Cuando alguien dice 'soy del 38%’ me da orgullo y escozor». Si bien las obras del gobierno reconciliaron a dos generaciones en pugna -jóvenes y ex-integrantes de la Concertación- y a los tres grandes partidos del progresismo, las izquierdas tienen el margen de maniobra restringido a afirmar el estatus quo, mientras la revancha conservadora avanza en los sectores populares. 

¿Cómo define a la fracción de la derecha que finalmente se impuso?

Kast es parte de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) como Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Giorgia Meloni y Donald Trump. Pero su adscripción a la «internacional reaccionaria» es un elemento secundario. Lo central en Kast es su pertenencia a la cultura política «gremialista», una corriente corporativista y religiosa que enraizó sus postulados en la Constitución de 1980 que sigue rigiendo en Chile. No es un outsider; de hecho, se fue de la Unión Demócrata Independiente (UDI), el partido heredado de Jaime Guzmán, artífice intelectual de dicha Carta Magna, reclamando para sí la autenticidad de esa tradición política. Kast armó su propio movimiento, el Partido Republicano, con el objetivo de salvar a la derecha chilena de las concesiones que Sebastián Piñera le había hecho a la izquierda. En 2021, calificó al segundo gobierno de Piñera como el peor de la historia después del del socialista Salvador Allende. 

A diferencia de la novedosa irrupción de los libertarios en Argentina, Kast pareciera estar más bien recuperando la hegemonía de la vieja derecha conservadora pospinochetista en Chile. En un país en el que el Estado subsidiario de los Chicago Boys está plasmado en la Constitución, el discurso minarquista sobre el Estado pequeño tiene mucho menos sentido que en el país vecino. Pero, por el contrario, a muchos en la derecha les atrae un discurso que propone restaurar el proyecto conservador anterior a Piñera. 

Kast se impone en la primaria de la derecha, en una elección en la que Evelyn Matthei quedó quinta, capturando la nueva versión del malestar chileno, que antes interpretó desde la izquierda Gabriel Boric. Nuevamente hay promesas de cambios radicales, pero esta vez contra la delincuencia y la inmigración. El clima de pesimismo y el voto castigo le han permitido a la derecha abandonar su versión moderada y verbalizar una revancha conservadora indistinta contra los «octubristas», en referencia a quienes participaron del estallido de octubre de 2019, los inmigrantes indocumentados, los delincuentes y los «parásitos del Estado». 

Al comienzo de la campaña, Evelyn Matthei parecía caminar directo hacia la Moneda, pero luego «pasaron cosas». ¿Qué explica su caída?

Es cierto, la muerte de Sebastián Piñera, en un trágico accidente de helicóptero en febrero de 2024, pareció el momentum de la derecha convencional, pero las contradicciones de Matthei le impidieron aprovechar la oportunidad. En 1992, Matthei filtró un audio contra su entonces rival interno en la derecha, Sebastián Piñera, que terminaría siendo un hecho premonitorio. En la grabación oculta, Piñera pautaba las preguntas del debate de la primaria sugiriendo que le preguntaran a Matthei por la ley de divorcio, para exponer su conservadurismo y los cambios de opinión que también habían caracterizado a su padre como miembro de la Junta de Augusto Pinochet. 

En adelante, a Matthei siempre le pesó mucho su rol en la impunidad de Pinochet en 1998 y sus excusas para no pedir perdón por el golpe de Estado, apoyado por los dos partidos a los que perteneció: Renovación Nacional (RN) y la UDI. Finalmente, cuando por fin parecía haber aprendido las lecciones de moderación programática impartidas por Piñera, le surgieron dos candidatos a su derecha y nuevamente quedó en offside. Entonces, en esta campaña, un día cuestionaba el populismo securitario, pero otro proponía reponer la pena de muerte. Recibió el apoyo de ex-integrantes de la Concertación, pero se lo quitaron cuando cuestionó el plan de búsqueda de los detenidos desaparecidos. Y, lo peor: nunca se decidió realmente a avalar la reforma previsional que Boric pactó con los partidos que la apoyaban. 

Al final, el propio spot publicitario de Matthei describe, sin proponérselo, una carrera llena de ambivalencias: «Evelyn toca el piano. Matthei tiene mano de hierro contra la delincuencia (...), Evelyn disfruta podar el jardín, Matthei tiene mano dura contra la corrupción (...)». Las Matthei no terminaron de articularse en una sola candidata. Que haya repetido el fracaso de su coalición en la presidencial de 2021 muestra, además la incapacidad de la derecha convencional para navegar entre la liberalización cultural del país y la radicalización de su electorado. Lo interesante es que la contradicción de Matthei nos adentra en la crisis discursiva de las derechas convencionales alrededor del mundo.

Hoy la izquierda mira con mucho entusiasmo a Zohran Mamdani en Nueva York, pero Chile ya tuvo su Mamdani que es, o fue, Gabriel Boric. El presidente, de 39 años, se va con alrededor de 30% de popularidad, que no es poco en Chile para un presidente saliente pero la sensación en la izquierda es de frustración. ¿Cuál es, brevemente, el balance de su gestión, que tuvo el impulso inicial del «estallido» y la Convención Constitucional y luego la carga de la derrota del proyecto de Constitución?

El Frente Amplio y el Partido Comunista llegaron al poder con la promesa de superar el neoliberalismo y saldar las deudas de la transición democrática, pero su gobierno tuvo que ocuparse de los efectos inmediatos de la pandemia en seguridad y economía. Mientras la izquierda estaba en las nubes pensando en la gran transformación constitucional, los sectores populares empezaban a resentir la llegada del crimen organizado transnacional y la recepción del gran flujo migratorio venezolano. Sin embargo, cuando triunfa el rechazo al nuevo texto constitucional –la peor derrota electoral de la izquierda en su historia–, Boric mostró capacidad de adaptación y al final de su gobierno puede decir que quebró la curva ascendente de homicidios, disminuyó la inmigración irregular y redujo la inflación a la mitad. En otras palabras, el rechazo a la Constitución fue la primera gran frustración de la nueva generación de izquierda, pero hay un valor en que Boric haya llamado a «escuchar la voz del pueblo» esa misma noche. 

Ahora bien, una de las cosas sobre las que hay que reflexionar es sobre la incapacidad de las nuevas izquierdas para transitar el camino entre las campañas electorales y el ejercicio de la administración del Estado. En el caso de Chile, pienso que el aumento sostenido del salario mínimo, la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales y la reforma de pensiones serán cambios valorados con el tiempo, pero si persiste una sensación de frustración es por las ilusiones desmedidas de la campaña e, incluso, una vez constatada la minoría parlamentaria. La disonancia cognitiva en este caso fue mucho más aguda por la introducción del voto obligatorio, que sumó tres millones de personas que no votaban. Pero de todas formas, el caso chileno sirve para pensar sobre dos problemas paralelos a la hora de dirigir el Estado: la futilidad de la «estrategia populista» cuando se trata de construir orden, y las «ideologías de vuelta atrás» –como las llama Adam Przeworski–, de «restaurar» la democracia en lugar de transformar las condiciones que generaron la situación de crisis, que solo reproducen las condiciones para el triunfo de las extremas derechas.

Muchos dicen que Jeannette Jara carga en mayor medida con el hecho de representar la continuidad que de pertenecer al Partido Comunista (PC). ¿Cuáles fueron, y son aún, sus fortalezas y debilidades para enfrentar la segunda vuelta? ¿Cómo queda la (centro)izquierda chilena tras este resultado?

La ex-ministra de Trabajo tuvo su momento político más alto la noche en que se aprobó la reforma previsional impulsada por el gobierno. Y que el ex-candidato presidencial del PC Daniel Jadue, de su propio partido, haya fustigado públicamente la reforma es un síntoma de que el liderazgo de Jara no se puede reducir al PC. De hecho, si la derecha pulsa la tecla anticomunista va a beneficiar a Jara. La mentalidad de la Guerra Fría tiende a concebir a los izquierdistas como portavoces del enorme movimiento proletario que desató grandes reacciones, pero hoy la izquierda se encuentra en uno de sus momentos de mayor debilidad, entonces ese discurso no calza con la realidad. En una de sus campañas, la ministra comunista Camila Vallejo decía con ironía: «Llegó el demonio marxista, llamen al exorcista». Creo que ese demonio asusta menos que en el pasado. 

Una de las fortalezas de Jara es que ha sabido interpretar al mundo popular. La población la identifica como alguien que puede mejorar la salud y la educación de la población porque está más cerca de los problemas cotidianos de la gente. En la contienda con José Antonio Kast, se trata de un atributo muy valioso, especialmente si se considera que Parisi había enarbolado un fuerte discurso meritocrático en primera vuelta y se refirió al resto de los candidatos como «cuicos de izquierda y derecha», es decir, personas de clase alta en la jerga chilena.

Por otro lado, el riesgo es que su campaña ponga demasiado el acento en sus orígenes populares. Uno de los humoristas más célebres del país describe muy bien cómo la exacerbación del relato sobre el origen puede ser leída en tono de burla. Al imitar a la candidata le hace decir: «Yo vengo de abajo, en una pieza vivíamos veinte personas y soñábamos todos lo mismo». Al mismo tiempo, hablar de derechos laborales cuando las prioridades están en seguridad es como intentar cambiar el sentido del viento. Hábilmente, Kast ha insistido en que Jara quiere «tratar a los delincuentes con amor». 

De todas formas, creo que la centroizquierda chilena debe comprender que el balotaje no se juega solo en el desempeño de Jara, sino en la movilización del rechazo a la extrema derecha. Una de las últimas investigaciones del politólogo Cristóbal Rovira entrega pistas sobre las resistencias que Kast despierta en parte del electorado. 

Entre los grupos reacios a apoyar a la extrema derecha en Chile persiste una demanda de seguridad estatal que evite el giro hacia la justicia por cuenta propia. Tal vez como herencia de Diego Portales, una de las figuras de la organización y consolidación del Estado chileno en el siglo XIX, hay un íntimo deseo de que el poder de fuego esté controlado por el Estado a través de una policía, ahora con estándares elevados, que evite situaciones caóticas. 

En 2023, cuando Kast le propuso al país eliminar los impuestos territoriales en el texto constitucional, la izquierda logró explicar de forma eficiente las repercusiones que ello tendría en los barrios más carenciados. Al igual que la etiqueta «comunismo», las etiquetas «democracia», «Estado» y «derechos» no le dicen nada al mundo popular si no están anclados en experiencias concretas. 

Todo indicaría que la derecha ganará la segunda vuelta, si sumamos a las tres fracciones de este espacio. ¿Qué tipo de reconfiguraciones pueden esperarse en este espacio y qué tipo de gobierno encabezaría Kast?

Que la derecha sea la favorita se vincula a la incapacidad de todos los partidos para lograr la elección de gobiernos de su mismo signo desde enero de 2006. Han pasado casi veinte años desde que Michelle Bachelet le dio continuidad en las urnas a la Concertación. Luego se impuso la alternancia elección tras elección. Pero además, después de los fracasos constitucionales, los chilenos siguen queriendo cambios fuertes, solo que ahora estos refieren a seguridad y control migratorio, en un cuadro de descontento con las elites políticas.

Si bien Parisi y el PDG tienen la llave para una hipotética mayoría de derecha en el Congreso, me parece que la clave está en el futuro rol del Partido Nacional Libertario de Kaiser. Si la división política suele ser vista como un dolor de cabeza para las izquierdas en el mundo, la derecha chilena dio una lección de cómo usar la fragmentación de candidaturas presidenciales para controlar la conversación pública, sin desperdiciar votos.

En 2024, Kaiser dejó la bancada parlamentaria de Kast para fundar su propio partido y robarle el nicho de votantes antiprogresistas que se le fugaría por su intento de acercarse al votante medio. Ahora, Kaiser intentará devolverle la base electoral a Kast en el balotaje, pero al precio de marcar la pauta de un hipotético gobierno de derecha y proyectarse como relevo electoral. El punto es que lo que en campaña fue un círculo virtuoso, podría ser el talón de Aquiles de un hipotético gobierno en común. Mientras Matthei y la centroderecha de ChileVamos bailarán fácilmente al ritmo de Kast gracias al sedimento que quedó de Jaime Guzmán entre ambos, el rage-baiting de Kaiser podría ser contraproducente para Kast, ya que parece servir más para provocar que para gobernar.

Tomás Leighton en The Clinic: “Kast está importando distopías que no calzan en Chile”

Tomás Leighton en The Clinic: “Kast está importando distopías que no calzan en Chile”

Entrevista publicada en The Clinic (2 octubre 2025).

Por Rodrigo Córdova.

El Presidente Gabriel Boric viajó la semana pasada a Nueva York, Estados Unidos, para participar en el 80° debate de la Asamblea General de las Naciones Unidas. El mandatario lo hizo acompañado de ministros, una delegación parlamentaria y de la expresidenta Michelle Bachelet, a quien nominó como candidata a la secretaría general del organismo.

En paralelo, también viajó Tomás Leighton, el sociólogo director ejecutivo de Rumbo Colectivo —centro de pensamiento vinculado al Frente Amplio—, quien participó en encuentros con otros think tanks progresistas internacionales con los que ya había trazado una hoja de ruta en julio pasado en Chile, en el marco del encuentro de líderes progresistas “Democracia Siempre”. Esa cita reunió al propio Boric junto a Luiz Inácio Lula da Silva, Pedro Sánchez, Gustavo Petro y Yamandú Orsi.

En Nueva York, Leighton estuvo presente en el Segundo Encuentro Internacional de la Sociedad Civil, instancia en la que también figuró el exministro Giorgio Jackson, y donde se dio origen a la Red Internacional de Pensamiento Democrático: una plataforma global de centros de estudio y organizaciones de la sociedad civil “comprometidas con la defensa de la democracia, los derechos humanos, la justicia social y el fortalecimiento del multilateralismo”, según informó Rumbo Colectivo en sus redes sociales.

Aunque el encuentro se desarrolló de manera independiente a la reunión de los líderes progresistas iberoamericanos, no estuvo del todo ajeno al mandatario. De hecho, durante la cita “En defensa de la democracia, combatiendo el extremismo”, Boric agradeció públicamente a Leighton, que se encontraba entre los asistentes, por impulsar la iniciativa que permitió articular la nueva red internacional de centros de pensamiento.

Leighton ya retornó a Chile, pero no por eso ha dejado de darle vueltas al hito que se concretó en Nueva York. Desde acá, analiza las proyecciones que abre la creación de esta red de think tanks progresistas y las señales que dejó para el país su desempeño en el 80° aniversario de Naciones Unidas.

—¿Cómo recibió la noticia de la candidatura de Michelle Bachelet como Secretario General de la ONU? 

—La postulación de Michelle Bachelet es el resultado del progreso de Chile desde el fin de la dictadura. Creo que Bachelet en la ONU podría terminar con un largo periodo de infamia internacional a la que nos condenó Pinochet. Todas las vergüenzas que nos hizo pasar esa vieja derecha a nivel mundial. Pero también, más allá de la derecha, Bachelet en la ONU podría cambiar la imagen que proyectamos al mundo durante los primeros años de la transición democrática, que ha ido variando. Ese cambio, para mí, tiene el rostro de Michelle Bachelet.

—Parlamentarios de oposición apoyaron la nominación de la candidatura, pero los abanderados presidenciales de derecha optaron por poner en duda su apoyo. ¿Cómo se interpreta ese mensaje? 

—La derecha local ha titubeado en su reacción porque saben que la gente siente que la candidatura de Bachelet es como una proeza nacional. En el caso de Kast, uno de los problemas de la ultraderecha es que no se puede ser nacionalista y al mismo tiempo agachar la cabeza ante las potencias mundiales. Si es que las personas perciben esta candidatura como una proeza nacional, de dignidad nacional, es compleja la reacción que pueda tener el candidato Kast. Me parece que es una posición incómoda para él. 

Por otro lado, hay otra derecha, que está bien encarnada por el presidente del Senado Manuel José Ossandón, que se da cuenta que la nueva imagen de Chile en el mundo está vinculada a su primera mujer presidenta en 2006 que tuvo un rol como directora de ONU Mujeres, como alta comisionada en la ONU, y que considera el hecho de que Chile tenga disponible una persona especializada al punto de que podría ocupar el cargo más difícil de ejercer en el mundo.

—Otro hito de la visita a la Asamblea General de las Naciones Unidas fue la creación de la Red Internacional de Pensamiento Democrático, de la cual usted fue parte. ¿De qué trata? 

—Para entender el contexto, la conformación de nuestra red responde a la crisis de la democracia en el mundo. El último informe de IDEA Internacional muestra que la mitad de los países del mundo retrocedieron en su desempeño democrático en los últimos cinco años, especialmente en temas de la independencia del poder judicial en un Estado de Derecho. Y el caso insigne de esas tendencias iliberales, como se les ha llamado, es el Estados Unidos de Donald Trump, que ha descendido en el índice de democracia liberal al puesto 24, que está muy lejos, por ejemplo, del puntaje de nuestro país, que es el 15. 

La cuestión que es preocupante, y lo que motiva hacer una red como la que estamos conformando, es que la ultraderecha, lejos de preocuparse de estos resultados problemáticos de la democracia, se siente orgullosa de eso porque lo han buscado durante muchos años a través de la Conservative Political Action Conference, el CPAC, que es una internacional que hace eventos todos los años. 

—¿La Red Internacional de Pensamiento Democrático se podría decir que es un equivalente a un CPAC de izquierda?

—Yo diría que si la CPAC no estuviese teniendo el éxito que tiene al socavar la democracia, no sería necesario crear una red de defensa de la democracia. Estamos hablando de los grandes peligros que enfrenta nuestra democracia por efecto de los discursos de la ultraderecha. Si el caso insigne del deterioro democrático de Estados Unidos, es porque el vicepresidente de dicho país, JD Vance tiene escritores de cabecera, como por ejemplo el bloguero Curtis Yarvin, que es un es un intelectual abiertamente monarquista, es decir, que cree que el régimen democrático como un estorbo del progreso. El problema de esta CPAC es que no son solo discursos, también son cosas concretas. 

Trump, por ejemplo, se sirvió de una plataforma de think tanks para planificar las redadas que hace contra los migrantes en su país y para planificar el departamento contra la inversión pública. Hay un libro muy importante de Kevin Anderson de la Heritage Foundation, que es otra de estas fundaciones del ámbito conservador, en el que pueden rastrearse muchas de estas tácticas que las prepararon con antelación para minar la administración del Estado.

Entonces, contra todo eso es necesario también promover la democracia en un contexto muy difícil. Ahora, no quiero decir que todo esto es catastrófico, porque en realidad tengo mucho optimismo sobre cómo la democracia puede ser resiliente, y de eso también se trata la red.

—Y, en ese contexto, cómo piensa actuar esta red en términos concretos. ¿Son estudio, charlas? ¿Impondrá una metodología de elaboración de políticas públicas? 

—No solamente vamos a producir investigaciones rigurosas, que es algo que la academia y las universidades públicas hacen muy bien alrededor del mundo, sino que la idea es darle visibilidad a las cosas que el Estado hace bien en distintas partes del mundo.

Vamos a demostrar que la democracia puede dar resultados, pero que si esos resultados no se difunden, la democracia muere. Entonces, en lo concreto, sí, vamos a seguir organizando festivales que básicamente existen porque los líderes tienen la convicción de que las instituciones democráticas no se cuidan solas, que se requiere el involucramiento de la sociedad civil, pero también vamos a tensionar a algunos académicos a salirse un poco del circuito exigido por la academia. Porque la democracia lo que realmente exige es que todos los demócratas nos comprometamos en visibilizar cuando el Estado lo hace bien para poder salvarla de las ideas catastrofistas y distópicas con que la ultraderecha difunde el miedo.

—A propósito del impulso de los líderes, el Presidente de España, Pedro Sánchez, durante el homenaje a José Pepe Mujica, habló de ir en busca de una utopía. ¿La Red se sitúa en esa persecución o es una mera defensa de la democracia? 

—Eso es interesante, porque yo diría que el CPAC es una máquina de generación de distopía, de importación y exportación de distopía. La red que estamos formando, más que una suerte de laboratorio de ideas, es una plataforma en donde los demócratas, que no necesitan inventar nuevas ideas, pueden buscar nuevas formas de visualizarlas antes de que mueran en el olvido. Como dice nuestra declaración pública, nosotros tenemos la convicción de que el mundo ya está poblado de iniciativas democráticas que en el día a día, en la cotidianeidad, ayudan y sostienen la vida de mucha gente. 

Cuando los programas sociales también tienen una manera de publicitarse bien y de, por así decirlo, que no solamente se obtenga un beneficio, sino que también se pueda creer que en ese beneficio, hay una manera de vivir juntos, la democracia se fortalece, se vuelve más vigorosa.

—En Chile el candidato presidencial José Antonio Kast, que ostenta el segundo lugar en las encuestas, suele participar en los encuentros de la CPAC. ¿Le preocupa?  

—A ver, Kast lleva años haciendo política internacional. De hecho, en el último encuentro en Hungría compartió con dos ministros del genocida Benjamín Netanyahu, con Chikli y Gamliel, que son ambos del partido de ultraderecha israelí, llamado Likud. Estos viajes que hace Kast pretenden un modelo de importación de ideas extranjeras para Chile, pero como decía antes, si bien estas ideas de ultraderecha llaman la atención porque son excéntricas, en realidad no funcionan y menos van a funcionar en Chile. 

El problema es que Kast está importando distopías que no calzan en Chile. Por un lado, esta semana lo hemos visto en la polémica por lo del gasto público. Él importa la idea de cercenar la inversión pública con un recorte de 6.000 millones de dólares. Por otro lado, ha anunciado que va a construir más cárcel y que va a sumar personal de seguridad, lo que requeriría un ritmo de gasto más acelerado que el del Gobierno de Boric. Estamos hablando de que este Gobierno aumentó el presupuesto en un 16,7% respecto de Piñera en seguridad. O sea, tendría que gastar más aún. El problema es que no ha explicado de qué programa social va a eliminar para aumentar en seguridad.

—¿Cómo calificaría eso entonces? 

—En la teoría política, cuando se restringen las funciones del Estado a funciones policiales, eso se llama minarquismo. Los Chicago Boys son como niños de pecho al lado de los minarquistas. El minarquismo imagina al Estado como un mero vigilante nocturno, como un guardia de noche, digamos. Esa utopía es absolutamente inviable en Chile por que no tiene nada que ver con el país. 

A diferencia de Milei y de Trump, que tienen esta idea de los topos que pasan una temporada en el Estado para destruirlo por dentro, la derecha chilena lleva toda su vida viviendo en el Estado y no lo digo peyorativamente, lo que quiero decir es que la derecha que hoy conocemos viene de partidos nacidos en el seno del Estado.

Por ejemplo, la UDI, cuando se fundó en 1983, nace en el seno del Estado autoritario y desde ahí administraron las municipalidades de la dictadura. Luego, en el retorno a la democracia se arrimaron a los escaños designados en el Congreso, luego transformaron sus partidos para sobrevivir al retorno democrático y se fueron liberalizando para habilitarse para volver a gobernar y vuelven a gobernar con Piñera. Además, el neoliberalismo en Chile no se realizó a través de un Estado enano. De hecho, existe un Estado de tamaño considerable. En Chile no tenemos todo desregulado, yo diría que por obra también de derechistas tenemos un Estado regulado cuidadosamente, pero para favorecer a las grandes empresas. No es que calce esta idea de un Estado famélico.

—Entonces, ¿qué tan importante es para el progresismo se tome en serio la idea de reformar el Estado? Porque las propuestas del candidato Kast nacen de un sentir ciudadano que no ha encontrado respuestas en el Estado…

—Un compañero dijo algo muy revelador en nuestra reunión de Nueva York, que la democracia es como una casa vieja en que los nuevos electrodomésticos están haciendo cortocircuito, pero la ultraderecha te diría que lo mejor es quemar la casa o dejemos que la casa se queme. Los demócratas lo que deberían decir es que hay que tratar de remodelarla. Me parece que acá, con el tema de la eficiencia pública, es lo mismo, pero esto es un debate mundial para los demócratas. O sea, las reflexiones que ha puesto el alcalde Vodanovic en Chile se están dando en distintas partes del mundo.

Yo no diría que el estado tiene que hacer más con menos. El Estado ha hecho las cosas bien, pero tiene que hacerlas mejor porque hay algunas cosas que no se entienden y hay otras cosas que pueden hacerse mejor.

Tomás Leighton en Revista Nueva Sociedad: Significados del giro a la derecha chileno

Tomás Leighton al Ciudadano: “El oficialismo debe mostrar los ejemplos exitosos que tiene en los municipios (…) Maipú es un caso de gestión extraordinaria”

Entrevista publicada en El Ciudadano (6 junio 2024).

Por Alex Indey, periodista de El Ciudadano.

El director ejecutivo de la Fundación Rumbo Colectivo, Tomás Leighton, se refirió este jueves al estudio  «Resolviendo en Democracia» realizado por la organización, el cual dio cuenta de un 51,7% de grado de cumplimiento del programa de Gobierno del presidente Gabriel Boric.

En entrevista con El Ciudadano, Leighton detalló que un total de 144 medidas han sido cumplidas mediante la gestión administrativa, mientras que otras otras 59 se han concretado por la vía legislativa.

Entre los puntos fuertes del cumplimiento del programa destaca el freno del alza del costo de la vida y la agenda de mujeres y minería. Por otro lado, los sectores que registran un menor cumplimiento son las medidas relacionadas a la cultura y la reforma de pensiones.

«En democracia se requieren dos partes, no solamente el Gobierno, sino que también la oposición (…) La oposición actual tiene estancada la reforma previsional en el Senado, es una promesa que no ha podido ver la luz porque no hay voluntad ni disposición suficiente de la derecha de ceder», señaló.

Respecto a la proyección del Gobierno de cara a las elecciones municipales, Leighton señaló que el oficialismo debería articular un clivaje electoral que permita mostrar las diferencias que existen en los municipios cuando son administrados por la izquierda versus las administraciones de derecha:

«El caso de Maipú es un caso de gestión extraordinaria. Cuando el alcalde Vodanovic recupera la Plaza de Maipú para los vecinos y vecinas, saca los toldos azules, lo vuelve un espacio seguro, disminuye los niveles de delincuencia, pero además organiza un concierto masivo donde van más de 15 mil personas un día viernes y peden ir y disfrutar del concierto gratuito en condiciones de seguridad, eso no solamente es gestión: ahí hay una idea, hay un proyecto de comuna, un proyecto de barrio y un proyecto de sociedad»

«El oficialismo debe mostrar los ejemplos exitosos de gestión que tiene», agregó.