Migración: cuando la consigna reemplaza a la política pública

Migración: cuando la consigna reemplaza a la política pública

Columna publicada en El Mostrador (19 de mayo, 2026).

Por Juan Pablo Gutiérrez, sociólogo, colaborador y miembro del Observatorio de Políticas Públicas en Migración de Rumbo Colectivo.

Chile ya tiene experiencia acumulada en gestión migratoria. Durante los últimos años se fortaleció la legislación, se crearon nuevas capacidades institucionales y la migración pasó a ocupar un lugar permanente en la agenda pública. Precisamente por eso, resulta difícil comprender que hoy el gobierno siga sin presentar una política migratoria clara.

Esta realidad es insoslayable para cualquier administración. Chile es un país donde existen múltiples opiniones sobre migración, pero debería existir al menos un consenso básico: no se puede gobernar esta materia sin una política pública definida.

Durante años, además, el debate migratorio se ha deteriorado progresivamente. La discusión se vació de contenido y terminó asociándose casi exclusivamente a fenómenos delictivos. Eso representa un problema para abordar un fenómeno social complejo, que requiere mayor comprensión, profundidad en el análisis y pragmatismo en la toma de decisiones.

Los gobiernos gestionan este tema en un ambiente cargado de urgencias, presión mediática y expectativas ciudadanas. En ese contexto, la planificación y la existencia de una hoja de ruta se vuelven fundamentales. Más grave aún es que, frente a la ausencia de una política clara, se relativice el contenido de las promesas presidenciales bajo el argumento de que eran “metáforas” y no compromisos literales.

El problema no es únicamente que una meta no se haya cumplido. Muchos advirtieron desde un comienzo su inviabilidad. El problema fue instalar una expectativa imposible como herramienta de movilización política, debilitando el valor de la palabra presidencial y transformando un tema extremadamente sensible en una consigna de campaña.

Cuando no existe planificación, el margen para la improvisación aumenta. Eso quedó en evidencia con el anuncio de solicitar a establecimientos de salud y educación información personal de migrantes en situación irregular. La controversia fue tal que la propia ministra de Salud tomó distancia y pidió reformular la iniciativa. Otra señal de descoordinación y reacción improvisada.

Por eso resulta preocupante que, ya instalado en el poder, el Gobierno relativice el contenido de lo prometido señalando que quienes lo entendieron literalmente “entendieron mal”. En democracia, la palabra presidencial debería tener consecuencias y ser relevante al momento de evaluar la gestión pública.

Las campañas electorales pueden contener énfasis, simplificaciones o consignas. Pero no pueden transformarse en sustitutos de una política pública, especialmente en un ámbito tan sensible como la migración.

Hoy todavía existe espacio para retomar una agenda migratoria seria. Las personas en situación irregular ya están en Chile y, a todas luces, expulsarlas a todas nunca fue una meta viable. La ciudadanía tiene derecho a saber cuál será la estrategia del Gobierno frente a esta realidad y qué instrumentos concretos piensa implementar.

Chile necesita una política migratoria seria, sostenible y comunicada con honestidad. Que reconozca lo avanzado y lo profundice. Que se preocupe de entregar resultados de Estado y que ponga la mirada en un futuro de cohesión social, seguridad y eficiencia.

Migración: cuando la consigna reemplaza a la política pública

Entre zanjas y señales: el primer mes de gestión migratoria de Kast

Columna publicada en La Tercera (17 de abril, 2026).

Por Juan Pablo Gutiérrez, sociólogo, colaborador y miembro del Observatorio de Políticas Públicas en Migración de Rumbo Colectivo.

El primer mes de gestión del gobierno del presidente José Antonio Kast ha estado marcado por la intensidad. Sin embargo, intensidad no es sinónimo de efectividad. Cuando no existe estrategia ni impacto concreto en la vida de las personas, la acción estatal pierde resonancia. Desde una mirada general, se percibe una desconexión entre la agenda y las necesidades de la ciudadanía.

En materia migratoria, el gobierno ha avanzado principalmente en dos frentes: el denominado “Escudo Fronterizo”, basado en zanjas en el norte del país, y una agenda administrativa que combina reformas legales con cambios en la institucionalidad del Servicio Nacional de Migraciones.

Es deseable el control fronterizo. Sin embargo, en el despliegue en el norte, es evidente el alto componente efectista: maquinaria pesada y protagonismo presidencial. Surge entonces una pregunta: ¿cuál es la eficacia de esta medida considerando sus costos? Según cifras oficiales, los ingresos por pasos no habilitados vienen disminuyendo, con una caída del 54% durante el gobierno anterior.

Todo indica que la tendencia a la baja se mantendrá, considerando los cambios recientes en los flujos migratorios desde Venezuela. En este contexto, concentrar la estrategia en una zanja es riesgoso, especialmente cuando en los últimos dos años se avanzó en mecanismos, como el Protocolo de Reconducción con Bolivia, que requiere necesariamente coordinación permanente.

Un segundo aspecto relevante es la gestión de la población migrante irregular dentro del país. Se estima que supera las 300 mil personas. El proceso de empadronamiento biométrico 2024 logró registrar a cerca de 183 mil, lo que deja un margen que el Gobierno debería abordar. Para el Estado, conocer quiénes están en su territorio no es solo deseable, es necesario.

Sin embargo, la estrategia está orientada en otra dirección. Se busca activar un rol fiscalizador en el Servicio Nacional de Migraciones (que por ley no tiene), trasladando presión hacia los empleadores que contratan personas en situación irregular. Esto plantea un problema práctico: la medida profundiza la precarización, empujando a las personas hacia espacios aún más informales.

La agenda legislativa reciente refuerza este enfoque. Se discute la tipificación del ingreso irregular como delito, la restricción de beneficios sociales y mecanismos para incentivar la salida voluntaria del país (entrega de fondos de AFP). Se trata de medidas de mediano plazo, que contrastan con la urgencia discursiva.

La gestión migratoria requiere un debate más profundo. No puede reducirse a una agenda que omite a más de 1,3 millones de migrantes que viven regularmente en el país, sosteniendo buena parte de la estructura económica y social. El predominio de medidas punitivas corre el riesgo de sustituir políticas públicas integrales, que requieren coordinación institucional, evidencia y visión de largo plazo.

Por supuesto, la irregularidad migratoria es un desafío. Pero abordarla exclusivamente desde una lógica de persecución ha demostrado ser insuficiente en diversas experiencias internacionales. Chile aún está a tiempo de corregir, fortaleciendo la cooperación internacional, mejorando los sistemas de información y avanzando en políticas que combinen control, integración, y hoy; lo más importante: realismo.