La crisis estructural del Norte Global

La crisis estructural del Norte Global

Columna publicada en La Tercera (3 de julio 2024).

Hace 15 años, haber dicho que el Norte Global y su orden internacional iban a entrar en una profunda crisis estructural era exótico. Nada más firme, se decía, que la robusta arquitectura económica que había permitido que el comercio saltara de equivaler a un 30% del producto mundial en 1990, a un 50% el 2010. Es verdad, había crisis financiera y comenzaban las medidas de austeridad en Europa. Sin embargo (se sentenciaba con solemnidad), la crisis no tenía relación con la arquitectura comercial, y la austeridad era una medida, si bien dolorosa, racional para una población acostumbrada a vivir por sobre sus capacidades. Ya se verán, se afirmaba, los resultados positivos de esa austeridad en términos de recuperación de la inversión, el empleo y el crecimiento.

Hoy, ya ni los antiguos promotores del orden liberal se atreven a defenderlo. Martin Wolf, editor económico del Financial Times, pasó de defender la globalización como sinónimo del progreso y el bienestar, a denunciar la crisis del capitalismo democrático y el crecimiento de formas rentistas de acumulación en el mundo desarrollado. Jeffrey Sachs, el antiguo líder de las terapias de shocks, hoy denuncia abiertamente los resultados de las recetas neoliberales en el mundo en desarrollo. Contrario a lo esperado, las políticas de austeridad han generado una década económica perdida en Europa y Estados Unidos, donde ni las masivas compras de activos financieros de la FED y el BCE lograron impedir tal derrumbe. Los principales resultados de esas políticas han sido el aumento de las desigualdades y, como ha sostenido Clara Mattei, el crecimiento de los movimientos nacionalistas reaccionarios. ¿Acaso no hay una conexión entre el Rust Belt en EE.UU., la despreocupación por la desindustrialización de demócratas y republicanos, y el surgimiento del populismo de Trump?, ¿o el boom de la ultra derecha en Francia luego de décadas de austeridad europea lideradas por la derecha y la socialdemocracia?

Pero aquellos no son los únicos problemas del Norte Global. Este última, tras décadas de promover una agenda liberal a nivel nacional, bilateral y multilateral, está experimentando un problema cuyos efectos se despliegan en forma menos visible, pero que es igual o más profundo que las problemáticas anteriores. El neoliberalismo y la apertura comercial generó tres efectos en las regiones centrales: 1) desindustrialización interna, 2) desmantelamiento del Estado y su capacidad empresarial y 3) la entrega del control de la inversión agregada a las empresas privadas. Esto implicaba que el qué producía la economía, hacia dónde invertían los capitales y a qué ritmo se realizaba, quedaban sujetos al arbitrio de burocracias privadas cuyos cálculos derivaban de sus expectativas de ganancia en el contexto de la competencia de mercado. Aquello no era un problema, se decía. Mal que mal, sus intereses privados de maximización, si quedaban sujetos a la competencia, se alinearían (cual mano invisible) con el interés social.

Hoy el Norte Global no solo experimenta sus propias crisis internas, sino el desplazamiento de su capacidad industrial hacia China. Desde hace décadas, la producción de semiconductores, de servicios tecnológicos, de industria automotriz, de tecnologías verdes (baterías de litio, paneles solares, autos eléctricos, etc.) se han desplazado a China, ante la completa despreocupación e inercia de las elites liberales. Y con ello se desplaza su poder e influencia internacional. En efecto, y de acuerdo con el Índice Hamilton, que mide la competitividad de 10 sectores intensivos en conocimiento, China está un 70% más especializada que Estados Unidos en las industrias avanzadas. Para igualar la especialización de China, Estados Unidos tendría duplicar la producción de todas las industrias de Hamilton excepto los servicios de TI.

China ha logrado esto porque, desde hace tres décadas, ha coordinado y redirigido públicamente masivas inversiones hacia esos sectores de punta, a través de financiamiento público, manejo estratégico de su política monetaria, políticas industriales, reglas de transferencia tecnológica a inversiones extranjeras, uso flexible de patentes, etc.

Hoy EE.UU. y Europa buscan recuperar ese liderazgo perdido, con medidas como el IRA, el Chip Act, el aumento de aranceles, el Pacto Industrial verde de la UE, etc. Pero, y he ahí su problema estructural, esas medidas no pueden lograr, por sí mismas, ni a la escala ni el ritmo de inversiones necesarios para vencer su competencia. Su desindustrialización ha sido tan profunda, que para su recuperación se requeriría una masiva relocalización de esas industrias. Se requeriría tener un tejido productivo interno (de proveedores especializados, cadenas de suministro, y aglomeraciones industriales) que hiciera rentable la vuelta de los capitales a su territorio, o un Estado lo suficientemente robusto para forzar ese cambio productivo.

Pero treinta años de neoliberalismo los han hecho carecer precisamente de ambos elementos. ¿Por qué los productores privados de semiconductores desearían volver a EE.UU. si sus tasas de rentabilidad les señalan mantenerse en Asia?, ¿por qué la industria de automóviles eléctricos desearía retornar a EE.UU. solo por un subsidio condicionado a no comerciar con China, si este último ya les ofrece aglomeraciones industriales sólidas y la más grande infraestructura y demanda efectiva del mundo, forjadas al calor de décadas de apoyo público?

En efecto, un Estado raquítico tiene pocas chances de ofrecer la escala de incentivos necesarios para atraer capitales privados, cuya máxima es la rentabilidad. Y es que el capital no sabe de razones geopolíticas. Así visto, el Norte Global no solo vive una profunda crisis interna, sino que experimenta una incapacidad estructural de poder recuperar hoy lo que durante treinta años dejaron a manos de la rentabilidad privada.

La crisis estructural del Norte Global

La guerra comercial: ¿culpa de los subsidios chinos?

Columna publicada en La Tercera (12 de junio 2024).

La UE acaba de anunciar que aumentará los aranceles a las importaciones de vehículos eléctricos de China entre un 17% y 38%, sumándose al 10% de arancel que ya impone actualmente a dichos bienes. Estados Unidos, por su parte, ha recientemente anunciado el aumento de aranceles entre 25% y 100% para vehículos eléctricos, 25% y 50% para celdas solares, y triplicará los aranceles para productos de acero y aluminio (de 7,5% a 25%).

Alemania, Suecia y Hungría se opusieron fuertemente a la medida de la UE. Y tienen un punto: ¿qué medidas de represalia tomará China contra los fabricantes europeos? Mal que mal, China ya impone aranceles en torno al 10% para las importaciones de vehículos eléctricos, lo que merma la competitividad de productores occidentales para insertarse en dicho mercado. Esto es particularmente preocupante, dado que China es un mercado clave para aquellos productores, no solo por la capacidad de consumo, sino porque tiene la mayor red de infraestructura de recarga eléctrica del mundo, lo que le permite asegurar una robusta demanda.

Tanto la UE como Estados Unidos afirman que sus acciones son solo una respuesta racional a la competencia desleal de China. Pero ¿qué es eso de competencia desleal? La respuesta es simple: se acusa que el gobierno chino protege su industria automotriz a través de amplios subsidios, acceso privilegiado a tierras y créditos, y ventajas impositivas. De ser ese el caso, afirman, se tiene el derecho de responder con medidas unilaterales que frenen esa ventaja desleal ante los productores locales. A su vez, vemos un cambio en la agenda económica de ambas economías. Después de décadas de defender un “orden basado en reglas” y la promoción del libre comercio, representantes de dichas economías han vuelto a hablar de la necesidad de políticas industriales, de coordinación pública de inversiones, y de acciones unilaterales de protección de industria local, lo que en Estados Unidos han denominado como “Bidenomics”.

Sin embargo, el asunto es más complejo. Si China hubiera desarrollado su potente industria de automóviles eléctricos y de paneles solares sin ningún tipo de subsidios ni protección pública, y solo proveyendo las instituciones básicas del libre comercio, ¿acaso Estados Unidos y la UE se hubiesen abstenido de proteger su propia industria ante la creciente hegemonía industrial de China? Lo dudo. Hubiesen reaccionado de la misma forma, buscando resguardar su propia hegemonía industrial ante la amenaza. Y es que el asunto no es que China haya usado protecciones o no, sino que haya sido exitosa en competir con el Norte Global en sectores tecnológicos de punta.

A su vez, el uso de subsidios, preferencias impositivas, créditos flexibles y protecciones arancelarias no es una novedad china sobre la cual el norte global pro-libre comercio se enfrente. Por el contrario, es parte de su propio ADN. En el caso de la UE, la protección arancelaria unilateral a su agricultura ha sido un objeto de críticas por parte del sur global desde la Ronda de Doha a principios de la década del 2000 y sobre la cual aún no ha habido resultados. Estados Unidos, según el economista político Fred Block en su artículo Swimming Against the Current: The Rise of a Hidden Developmental State in the United States, viene implementando políticas industriales a partir de múltiples departamentos públicos desde los años 1970 hasta, con mayor intensidad, la actualidad.

De esta forma, el asunto es más complejo que “libre comercio vs. proteccionismo”, y está más cerca de ser una disputa entre, por un lado, regiones que utilizan todos sus medios para mantener su posición dominante en los sectores de tecnología de punta y, por otra, otras regiones que, hasta el momento, pareciera que están exitosamente disputando esa hegemonía (China y, probablemente, India en un futuro). Esta guerra comercial se está dando en diferentes frentes, desde la protección a la producción de semiconductores, la emergencias de nuevos acuerdos comerciales (APEP, RCEP, etc.) hasta el asegurarse la provisión preferencial de minerales críticos como níquel, litio, hidrógeno verde y cobre. Pocas cosas sabemos del resultado de esta guerra, pero lo que sí vemos es que en esta guerra predominará el pragmatismo y el abandono de la mayoría de los viejos preceptos y recetas comerciales que se creían correctos hace solo unos años atrás.

La crisis estructural del Norte Global

Desarrollo productivo, un asunto de izquierda y de derecha

Columna publicada en La Tercera (29 de mayo 2024).

Tradicionalmente se lee que la izquierda no está interesada en el asunto del crecimiento económico. Mientras la derecha se enfocaría en crear empleos y dinamizar la economía vía la protección de la inversión y del libre comercio, la izquierda se concentraría en la distribución de esos frutos. Sin embargo, aquella lectura es un error, por varias razones.

Primero, la izquierda chilena durante el siglo XX tuvo una gran preocupación por la transformación productiva, y veía en la estructura hacendada y un sector industrial rentista la causa profunda del crecimiento mediocre del país. Ese estancamiento, se sostenía, solo podía ser superado a partir de una direccionalidad industrial desde el Estado que condujera las fuerzas económicas hacia áreas dinámicas tecnológicamente. No por nada la creación de la Corfo, la CAP y la reforma agraria, fueron agendas claves de las fuerzas de izquierda durante este periodo.

Desde una perspectiva internacional, desde principios (y con más fuerza desde mediados) del siglo XX, la trayectoria de crecimiento de los países nórdicos, bajo gobiernos mayoritariamente socialdemócratas y laboristas, fue en la misma línea. Ocuparon la maquinaria pública para redistribuir la tierra, crearon empresas públicas en áreas tradicionales, y empujaron subsidios, créditos y reglas de transferencia tecnológica, para desplegar encadenamientos productivos en áreas forestales o petroleras, junto a levantar nuevas industrias en áreas automotrices y de telefonía. Parte clave de sus éxitos económicos derivaron, precisamente, de esa agenda productivista.

Volviendo a la actualidad, bajo el gobierno demócrata de Biden, se aplican activas políticas arancelarias, subsidios sujetos a inversión nacional y reglas de contenido nacional para inversiones (bajo la mirada impotente de una OMC, hoy por hoy, difunta de facto) para reconstruir un tejido industrial destruido tras décadas de neoliberalismo. De esta forma, la izquierda tiene una importante armazón de experiencias para enfrentar el desafío del desarrollo.

Pero, en segundo lugar, no es correcto que la estrategia de sobre-protección de la inversión y libre comercio sean la receta para el desarrollo productivo, como afirma la derecha liberal nacional. Como señaló recientemente, para The New York Times (a propósito del desarrollo industrial chino) el profesor Zheng Yongnian, “La decisión de Occidente de aplicar políticas neoliberales fue un error estratégico, que llevó a una desindustrialización de sus economías y brindó a China de una gran oportunidad.”

Para el caso chileno, tras casi medio siglo de neoliberalismo, la economía ha concluido con una economía movida por la producción de rentas en diversas áreas de la sociedad: rentas extractivas a partir del control de minerales (cobre o litio, por ejemplo), rentas financieras a partir de las relaciones de deuda, rentas derivadas de coordinación oligopólica en los mercados internos, rentas de colusión de precios y rentas monopsónicas (pequeños productores sujetos a relaciones verticales con un único demandante, como sucede en el sector frutícola y lechero, por ejemplo). El resultado no es diferente de lo que vemos en EEUU o países europeos: una década de estancamiento productivo, desindustrialización y malestar social.

Sin embargo, la derecha chilena tampoco tiene por qué asumir ese discurso pro-libre comercio como propio. Durante el siglo XX, existió una importante derecha nacional contraria al liberalismo económico que defendió un rol industrial activo del Estado, bajo el argumento de que la unidad y cooperación industrial de la comunidad nacional, coordinada desde un Estado Desarrollista, debía sobreponerse a los conflictos internos de la sociedad. No olvidemos, por ejemplo, que el despegue industrial de Corea del Sur (o Singapur) en los 1960s lo realizó una derecha nacionalista y productivista, no la izquierda.

El asunto, en este sentido, es que el objetivo de desarrollo productivo es un eje clave en la izquierda histórica, lo que la hace estar muy lejos de ese prejuicio de que se preocuparía solo de “distribuir” la riqueza ya generada. Pero también es un momento para que la derecha reflexione sobre sus propios antecedentes históricos, y encuentre agendas económicas más vigorosas y prometedoras que seguir amarrada a un liberalismo económico decimonónico.

Rumbo Colectivo renueva su directorio hasta el 2027

Rumbo Colectivo renueva su directorio hasta el 2027

Cuatro nuevos integrantes a su directorio sumó Rumbo Colectivo para el próximo periodo 2024-2027, quienes destacan por su experiencia técnica, académica y en el espacio público. Se trata de Marcela Ríos, Isidora Íñigo, Talita Sao Thiago Tanscheit y José Miguel Ahumada.

Marcela Ríos Tobar es socióloga de la Universidad de York, Máster en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, y doctora en Ciencias Políticas de la Universidad de Wisconsin-Madison. Ha ejercido su profesión en el sector público y privado, trabajando de esa manera durante más de catorce años en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) como asistente residente representativa, para luego desempeñarse como vicepresidenta del directorio de la organización Comunidad Mujer. Paralelamente, fue profesora en las universidades de Chile, de Santiago, y Diego Portales.

Por otra parte, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet, integró la Comisión para la Reforma al Sistema Electoral (2006), mientras que bajo el segundo gobierno de la expresidenta, participó en las comisiones para la Reforma al Sistema de Pensiones (2014-2015) y la Contra Conflictos de Interés, Tráfico de Influencias y la Corrupción (2015). Entre marzo de 2022 y enero de 2023 se desempeñó como Ministra de Justicia y Derechos Humanos. Sus temas de interés son feminismo, memoria y Derechos Humanos, así como sistema político.

José Miguel Ahumada es cientista político de la Universidad Diego Portales, Máster en Economía Internacional y Desarrollo en la Universidad Complutense de Madrid, Máster en estudios de desarrollo en la London School of Economics y Doctor en Estudios de Desarrollo de la Universidad de Cambridge. Es profesor en el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile y autor de The Political Economy of Peripheral Development: Chile in the global economy (Palgrave, 2018). Entre marzo de 2022 y marzo de 2023 se desempeñó como Subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales. Sus temas de interés son economía política del desarrollo, desarrollo en América Latina, teorías del desarrollo, historia del pensamiento económico y en relaciones internacionales, especialmente en economía internacional.

Isidora Íñigo es licenciada en Sociología y Magíster en Filosofía, ambos por la Universidad de Chile. Es candidata a doctora en Estudios Americanos en la Universidad de Santiago de Chile. Tiene experiencia como docente e investigadora en proyectos FONDECYT y Núcleos Milenio, y se ha desempeñado como consultora en organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales. Sus áreas de interés son juventudes y participación política; género y feminismos; género y mercado del trabajo.

Talita Sao Thiago Tanscheit es politóloga, investigadora Ultralab. Profesora Asistente en el Departamento de Política y Gobierno de la Universidad Alberto Hurtado y Chair del Comité Directivo del Grupo Permanente sobre Política Latinoamericana del European Consortium for Political Research (ECPR). Anteriormente, fue Profesora Asistente en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Su principal área de investigación es la política comparada, especialmente en temas relacionados con los partidos políticos y las democracias en América Latina.

Además de los nuevos integrantes, el directorio está compuesto por Pedro Glatz, Camilo Sembler y Carla Sepúlveda, presidenta del órgano.